EL CONFLICTO ADOLESCENTE EN EL AULA
por Mercè Altimir
(Extracto y traducción al castellano de la participación de la autora en una mesa redonda con este título celebrada el día 15 de noviembre del 2006 en el Col·legi de Doctors i Llicenciats en Filosofia i Lletres i Ciències de Catalunya, en el marco de las actividades del Any Freud-Barcelona 2006 , conmemoración del 150 aniversario del nacimiento de Sigmund Freud.)
Sin lugar a dudas estamos ante un conflicto social que de momento se hace cada vez más agrio: estallidos de violencia, fracaso escolar, desmotivación de alumnos y profesores, falta de reconocimiento social de la tarea educativa y de la función social del docente, y una perspectiva sobre el aprendizaje que tiende a reducirlo o bien a un ideal hedonístico o a una mera imposición necesaria para el futuro rendimiento de nuestros jóvenes. A menudo contemplamos la educación como un producto de consumo más al que sólo cabe exigir placer y eficacia. En esta tesitura, la curiosidad y el goce del aprendizaje quedan relegados a un misterio insondable.
La sociedad inventa una batería de medidas con el fin de paliar el malestar en las aulas. El momento de crisis aguda del modelo educativo que estamos viviendo parece pincharnos a todos lo profesionales con la obligación de dar respuestas fáciles de entender y de aplicación sencilla, y eso que nadie es tan zoquete como para no caer en la cuenta de que un problema complejo como el que nos ocupa no puede resolverse con respuestas obvias que, por descontado, todo el mundo sería capaz de aplicar sin demasiados estudios ni detallados protocolos de actuación elaborados por supuestos expertos. La primera interrogación que se nos ocurre es plantearnos si podemos y debemos responder a la urgencia con la prisa que ella convoca, sin atender con sumo cuidado a la naturaleza de los arrecifes que hacen naufragar el navío de la educación obligatoria y postobligatoria.
El conflicto en sí mismo es un accidente saludable. Freud nos recuerda que «el progreso de la sociedad descansa esencialmente en la oposición entre dos generaciones», de modo que mal iríamos si nuestros niños de ayer mismo no plantaran batalla, porque aunque ésta tenga a menudo e inevitablemente una presentación un tanto ridícula y chapucera esconde a su vez un minúsculo grano de oro puro que convendrá regar a la luz del sol. El conflicto de los jóvenes supone cambio generacional, nuevas ideas, nuevas metas y nuevas apuestas. Algunos titulares de prensa o algunas declaraciones nos hacen temer la peor derivación del conflicto: denuncias, juicios, castigos ejemplares, intervención de la policía. Permitidme recordar un aforismo del maestro Kong, es decir Confucio, siglo VI a.n.e. Este antiguo pensador chino estaba muy preocupado por la creación de una ética de gobierno por la cual los gobernantes abandonarían la retórica fácil y la promesa sin fundamento y se comprometerían por medio de sus actos. Enseñaba Confucio:
«La actitud del gobernante ha de inspirar temor. El fuego, por su aspecto, inspira temor y por esta razón son pocos los que se queman. Mientras que el agua, con su benigna apariencia, no produce ningún temor y por este motivo son muchos lo que mueren ahogados. Decididamente, os tenéis que mostrar aterradores como el fuego si no queréis que haya ahogados.»
A continuación una cita de Freud, que aparece en una nota perteneciente a su obra de 1930, El malestar en la cultura :
«La educación no prepara a los jóvenes para las agresiones de las que sin duda serán objeto. En esta introducción de los jóvenes a la vida tan erróneamente orientada desde el punto de vista psicológico, la educación se comporta como si enviara a la gente a una expedición polar con ropa de verano y mapas de los lagos de Italia.»
Una última cita procedente de Confucio:
«Cuando el gobierno es demasiado indulgente, el pueblo se vuelve insolente; cuando el pueblo se vuelve insolente, se lo contiene por medio de la severidad, pero la severidad degenera fácilmente en crueldad y entonces se debe compensar con urgencia con la clemencia. La clemencia compensa la severidad y la severidad compensa la clemencia.»
Clemencia y severidad, indulgencia y crueldad, fijan en una goma elástica repetitiva, que, tal como he tratado de exponer atraviesa la lejanía del espacio y el tiempo de las culturas, una alternancia de soluciones fatigantes, estériles, que enmascaran las raíces reales del problema y la urgencia de descubrirlas. Desde los diferentes ámbitos familiares, profesionales, institucionales, cívicos, ha llegado quizá la hora de preguntarnos de nuevo por qué razón la ética es hoy tan aguada, del motivo por el que ésta degenera en un moralismo o un laissez faire insulso, de papel mojado o directamente destructor. ¿nos complace el ideal de un estudiante más robótico que letrado, que, como mucho, tenga la ambición de flirtear sin profundizar lo más mínimo cuatro ideas de usar y tirar, mientras se entrena en la única realidad de cálculos estadísticos y gráficos llenos de colorines?
No existe ningún ser humano libre del sometimiento a la necesidad de pensar para dar respuesta a los conflictos y a los cambios que se le presentan inevitablemente en la vida: conflicto ante la muerte, ante el envejecimiento del cuerpo, la enfermedad, las pérdidas: de la lengua de nuestros abuelos, de la infancia, de la adolescencia, etc. También el de haber de elegir entre nuestro incipiente deseo y los ideales de los padres, o de la sociedad. Pero ¿preparamos a nuestros adolescentes para responder a este reto?
Y aun así, desorientados, la sociedad de la información nos abruma con la sobrevaloración de encuestas, tests y pruebas diagnósticas para cosas que hasta hace pocas décadas no tenían nada que ver con las leyes de la física y la aritmética. Existe una violencia estructural que aisla y desvaloriza el valor de la palabra, de la práctica del diálogo, de la participación en la vida de la ciudad, que son prácticas capaces de encaminar en una dirección constructiva la explosión sentimental, los pasajes al acto violentos o autopunitivos, las huídas al mundo vacío del claustro de la fantasía privada.
El concepto de madurez, el del animal maduro, es un concepto propio de la biología, pero el concepto de adolescente es distinto, guste o no gustes al reduccionismo cientificista. Se trata de un concepto que solamente se puede aplicar a nuestra especie, la especie que habla. Hasta hace bien poco, las mujeres, como los esclavos del tráfico colonial o los payeses de la edad media eran prácticamente invisibles en la ciudad, su valor era mercantil. Nadie se ocupaba tampoco de los niños, ni de su educación o de la explotación del trabajo infantil. Es posible que la idea que tenemos en la actualidad sobre la adolescencia no llegue a los cien años, nace con las protestas de los jóvenes de mediados del siglo pasado. En ese momento, y por primera vez en la época moderna, un colectivo suficientemente amplio de jóvenes, se rehúsa a llevar a cabo un proyecto todavía vigente para la generación de sus padres: Ganarse la vida, adquirir una posición, fundar una familia. Se desea tener tiempo para explorar un camino propio sin metas establecidas de antemano. Se trata de la conquista de un grado de libertad, con todas sus catástrofes y cómicas ingenuidades; por un lado resulta liberador, pero también da vértigo porque la posibilidad de escoger implica responsabilidad. Esta es la lección difícil de tragar. Una de las contradicciones actuales es que los adultos hemos perdido los papeles y no sabemos qué hacer con esta ganancia social que costó esfuerzo conquistar. ¿Cómo hacer que nuestros adolescentes encuentren su propio camino al mismo tiempo que no queremos que derrapen a toda pastilla pista de hielo abajo, a la caza de la zanahoria publicitaria de 24 horas de duración, y de la cual también somos responsables? Vivimos inmersos en un hipermercado de productos de consumo que no desfallece ni un solo día del año, sin descanso vacacional ni cierre del quiosco de propaganda algún día, cualquiera, del Señor. ¿Y qué les proponemos como ideal sino una desenfrenada pasión por la confesión pública y desvergonzada de una intimidad que no debería interesar a nadie. Del circo romano, pasando por el patíbulo a la vista del pueblo, hemos pasado a la cámara omnipresente, ni tan siquiera oculta, y a los relatos de estupideces de la tele.
Sin embargo, el camino del sujeto está abierto y no deberíamos olvidar lo que hemos ganado. Nuestros adolescentes sufren la locura del capitalismo feroz, pero también tienen más posibilidades de construir un camino singular y propio que no tuvieron generaciones anteriores.
Dejadme evocar una canción que tiene que ver con la historia de este país, pero de la que ya ha llegado la hora de hacer una nueva lectura. Se trata del poema de Ítaca de 1911 del poeta griego Kavafis, con la Odisea como trasfondo, que difundió la canción de Lluís Llach. Versos y letras:
Si vas a emprender el viaje hacia Ítaca,
pide que tu camino sea largo,
rico en experiencias, en conocimiento.
A Lestrigones y a Cíclopes,
o al irado Poseidón nunca temas,
no hallarás tales seres en tu ruta
si alto es tu pensamiento y limpia
la emoción de tu espíritu y tu cuerpo.
A Lestrigones ni a Cíclopes,
ni al fiero Poseidón hallarás nunca,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no es tu alma quien ante ti los pone.
Ten siempre a Ítaca en la memoria.
Llegar allí es tu meta.
Mas no apresures el viaje.
Mejor que se extienda largos años;
y en tu vejez arribes a la isla
con cuanto hayas ganado en el camino,
sin esperar que Ítaca te enriquezca.
Ítaca te regaló un hermoso viaje.
Sin ella el camino no hubieras emprendido.
Mas ninguna otra cosa puede darte.
Aunque pobre la encuentres, no te engañará Ítaca.
Rico en saber y en vida, como has vuelto,
comprendes ya qué significan las Ítacas.
Tenemos que agradecer a Homero el habernos ofrecido la ficción de la Odisea , este relato épìco de la experiencia de un pasaje de crecimiento que nos cuesta mucho de imaginar como podríamos meter en un gráfico. Y a Kavafis, por habernos vuelto a acercar, a principios de la segunda década del siglo, con su poema al antiguo relato, y, para terminar, a Lluís Llach por hacerlo respirar todavía en un mundo en el cual la ciencia, demasiado a menudo invasora de territorios que no le pertenecen, se compincha con la burocracia para ahogar el valor de los relatos, de los poemas y de las canciones. La autora pertenece a una generación que escuchaba esta canción en sus años adolescentes, razón por la cual nos hemos puesto a menudo el poema en los labios por uno u otro motivo. Llego un día, sin embargo, que me sorprendí pensando que no escuchábamos con suficiente atención las palabras del relato de Homero. Las hemos recordado a menudo como si Ítaca fuera la espantosa desconocida que nos espera en el umbral del cementerio de elefantes o del museo de momias jubiladas en que habíamos transformado, malos lectores, a la discreta y miserable isla del mediterráneo. Nadie, en buena lógica, tenía ninguna prisa por llegar, más bien nos esforzábamos por sobrevivir haciendo meandros en la dorada adolescencia «llena de promesas de libertad» que era la ganancia dorada del siglo. No habíamos entendido ni el poema ni el significado de «viejo». Lao Tsé, el «viejo maestro» recibió este nombre porque se decía que cuando nació ya era tan sabio como un viejo. Ítaca tampoco es el cementerio de elefantes ni la pirámide picuda y geométrica de nuestra jubilación nirvánica o angélica. El arte de adquirir sabiduría no es sencillo, llegar a esa isla es difícil y no se trata de malgastar el tiempo en envilecerla «en el tráfago inútil o en el necio vacío de la estupidez cotidiana»: la travesía, hagamos lo que hagamos, será larga de todos modos y llena de peligros ciertos y tropiezos que van a hacer voltear nuestras más diáfanas pretensiones. Sin embargo, conviene llegar cuanto antes mejor, porque es allí, en Ítaca, donde empieza el verdadero viaje; la muerte y su enigma irreductible, llegará también, pero lo hará más tarde. Mientras tanto podemos gozar del hecho de vivir, de hacer de verdad nuestras propias elecciones, de deshacernos, como de una piel impostada, de ideales y de identificaciones que no son los nuestros, de comprometernos con la ciudad, de involucrarnos en proyectos de futuro que tengan un sentido para nosotros. Ítaca, repito, no es el happy end ni el conformismo de la tercera edad que sueña con un viaje a las Bermudas, sino el punto de despegue del sujeto que ha dejado atrás las alienaciones espesas en las que creció cuando el amor y el deseo de los otros lo ampararon en su indefensión. El dios o la brújula de Eros guía su viaje. Pero este pobre dios no es una neurona, ni un protón ni un estímulo condicionado. Como resulta que es un dios, y resulta que, como bien sabemos, los dioses se parecen a los hombres, he aquí que también habla. Para los niños la palabra de los padres es oráculo sagrado, a los adolescentes les toca, muy sanamente, comparar y decepcionarse, ya que los gigantes de nuestra niñez resultan de talla estándar tirando a peor. Les ha llegado el momento de salir en busca de su propia voz en un mundo que por lo pronto parece repleto de imágenes que se suceden de manera incesante, lleno de ruido y de labios que solo farfullan sin emitir apenas nada inteligible. Necesitamos recuperar la aventura del diálogo y del trueno y el relámpago de la tormenta que atemoriza a los navegantes con el propósito de salvarlos del naufragio y alejarlos de las sirenas -y los mafiosos y corruptos-, pero no hemos de dudar ni un solo instante en empujarlos a levar ancla y despedirlos con el regalo de un buen abrigo, una maleta de objetos muy bien seleccionados para la ocasión y una espléndida carta de navegación que hemos de confeccionado con el sudor y la pena a lo largo de muchos siglos de historia. Son estos los tres tesoros que tenemos que reencontrar para poder hacer de ellos nuestra ofrenda generacional.